Alrededor del molino se extendía un cercado, donde un anciano de rostro angelical y camisa sucia daba de comer a una gallina. Una sola gallina en aquella parcela. No es que fuera una gallina especial, más bien el bichejo parecía de lo más común, de tono parduzco y cresta rojiza. El hombre, encorvado, extendía la palma de su mano repleta de grano, y la gallina picaba frenética e indiferente, con los ojos inmóviles y sin cacarear. La mimaba como si se tratara de una persona especial. Quizás se trataba de la mítica y fabulosa gallina de los huevos de oro. El ave no dejaba de picotear e ingerir sin respirar aquellos granitos de trigo, meneando la barbilla con gracia.
–Come preciosa –le animaba el hombre.
Al cerciorarse de mi presencia el viejo se volvió hacia mí.
–¡Buenos días! –saludé.
–¡Hola! –me respondió y encogió los hombros –¿Cree usted que el Papa aceptará esto?
