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martes, 5 de octubre de 2010

Las otras estrellas de Hollywood. Los caballos de Ben-Hur.

[Dedicado a una amiga portuguesa a la que le gustan los caballos]


Si tuviera que elegir aquellos animales que más me han gustado en la pantalla o que más ternura han desprendido sobre mis ojos, esos son los cuatro caballos blancos de la epopeya histórica Ben-Hur.

Herederos directos de la novela de Wallace, los equinos de dicha película se muestran con todo su cariz noble, bello y sincero. Son más que caballos, ellos tienen personalidad y no los quiero ver como meros instrumentos de la venganza que Ben-Hur ejerce sobre su antagonista, Mesala.

Sus nombres ya evocan la belleza que atesoran. Nombres de estrellas, de esos astros que brillan y parpadean en el cielo. Si las estrellas parpadean es que tienen sueño, dicen. Antares, Rigel, Aldebarán y Altaír. Cuatro nombres para cuatro soles, para cuatro caballos. Corceles dignos de los dioses, de sedosos crines y hocicos rosados.

La complicidad que aparece entre hombre y animal es prodigiosa en Ben-Hur. Primero, el jeque Ylderim y con posterioridad Judah Ben-Hur, hablan a los caballos como si de personas se trataran, sus “preciosidades”, hijos de la radiante Mira, la madre de tan magníficos caballos y que el jeque ha dejado en su país natal para no entristecer a sus gentes. Aldebarán el rápido, Antares el lento, pero duro y paciente. Rigel y Altaír, constantes y tenaces.

El auriga y sus caballos forman el tándem ganador de la carrera en el imaginario circo de Jerusalén. Es tal la cooperación del auriga y sus rocines que éste no hace uso del látigo, únicamente de sus brazos, de sus manos amigas. Éstas sólo bastan para guiar a la cuadriga al triunfo final, viendo Judah cumplida su anhelada venganza sobre el arrogante romano que todo le había arrebatado.
“Victoria completa Judah, la carrera ganada, el enemigo destrozado”. Últimas frases del moribundo y mutilado Mesala, yacente sobre el camastro de la enfermería (más bien matadero) del circo: lóbrega, triste... escupiendo en su postrero hálito de vida odio y más odio, con el consuelo de su único amigo: Druso, que sostiene su cabeza en la latente agonía y el dolor de su cuerpo mutilado.

Tal y como aparecen los caballos, desaparecen. Ben-Hur los ama, pero este amor se mitiga cuando el príncipe judío ha conseguido su propósito... cuando el jeque se ha hecho de oro gracias a la arrogancia del romano muerto ¿o no?
Es cuando Judah contempla el escenario de la carrera, vacío, silencioso, comprendiendo que la venganza no le ha llevado a ninguna parte, y que todo está mucho peor que antes de la carrera. Los caballos nos dejan un sabor dulce y simpático. Nos proclaman admiración. Estudiamos cada uno de sus elegantes movimientos, los observamos entrenando, en el relax del descanso en sus cuadras de seda, y en el clímax de una carrera desenfrenada y cruel, propia del espectáculo romano. Los observamos juguetones, resplandecientes y cariñosos... luego serios, sudorosos y feroces. La diosa Epona los protege, bueno, en este caso, el dios de los judíos, aquel que mantiene vivo a Ben-Hur como una finalidad del destino.

“Uno de los animales acercó entonces su hocico hasta casi tocar los labios de Ben-Hur; su cabeza tenía una forma exquisita, sus ojos eran grandes y suaves como los de un ciervo y estaban casi ocultos por el copete, sus orejas eran pequeñas y puntiagudas. Mientras miraba fijamente al joven, con las ventanas de la nariz dilatadas, el labio superior en movimiento, parecía estar diciendo «¿quién eres tú?» con la misma claridad que un hombre”.
(Lewis Wallace, Ben-Hur, 1880).





Imagen: Aldebarán, Rigel, Altaír y Antares compitiendo en el circo de la mano de Judah Ben-Hur.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Las otras estrellas de Hollywood. La mona Chita.

El otro día leía un artículo en un diario sobre la mona Chita. Del cuál cabe decir dos cosas. Una, que ya sabía, es que la mona Chita no es mona sino mono y se llama Jitts. La segunda, que hace poco cumplió 78 años, siendo el simio más longevo que existe sobre la faz de la Tierra ¡Sí! ¡La mona Chita todavía vive!¡Increíble! Ese mono que hacía monerías junto al Tarzán- Weissmüller aún está entre nosotros, una gloria cinematográfica de la Edad de Oro de Hollywood.

Bien es cierto que la mona Chita empezó su carrera en el cine muy joven, a penas a la edad de dos años, y resultaba ser un personaje que no aparecía en las novelas del mítico hombre-mono. Por ello (y si nos fiamos de la wikipedia) la mona se define como un producto creado por las mentes de los guionistas de Hollywood.

Yo recuerdo con gran gracia a la mona Chita como no. Cuando eres niño creo que era lo que más te gustaba de las películas de Tarzán, con esos gruñidos o gritos simpáticos acompañados de saltitos, tocando frenéticamente una campana, usando utensilios de los campamentos a su libre albedrío, cubriéndose los ojos con la mano ante una escena bochornosa u horrible, o incluso hablando por radio con ¡los nazis! De forma burlona, claro está.

Sin duda, Chita es un mito en el cine y nunca podemos dejar de pensar en Tarzán con su inseparable escudero: valiente, crítico y cómico. No fallaba nunca y acudía veloz al grito archiconocido de Tarzán, creación casera del propio Weissmüller.

Por muchos años, Chita siga con nosotros.




Imagen: La "mona chita" en su retiro. No se trata de "El crepúsculo de los dioses",sólo es una vieja estrella que brilló en el firmamento de Hollywood.

viernes, 13 de agosto de 2010

Terror adolescente

Todavía recuerdo aquella película donde un grupo de jóvenes decide pasar un agradable verano en un lago, y uno a uno cae bajo el machete de un misterioso asesino (en este caso asesina).

Quizás hoy en día se trate de un tema gastado hasta la saciedad, pero en 1980 se emprendió una nueva manera de ver el cine de terror (existían fuertes precedentes como la Matanza de Texas o Terror al Anochecer), dirigido a adolescentes incautos que obran siempre igual ante la presencia demoníaca de un psicópata sin escrúpulos.

La primera película abrió así una franquicia que se ha explotado durante unos treinta años, aglutinando trece films, sí, trece... no es una casualidad... pero el año que viene rompen el mito y se estrenará una nueva secuela de uno de los homicidas más famosos de la historia: Jason Voorhees.

Personalmente recuerdo la película desde pequeño, y habré visto alguna que otra secuela de la misma, que inclusive me asemejaba cómica. Jason es el precedente de esas películas que poco a poco invadieron las salas de proyección, donde un grupo de jóvenes son víctimas (y gracias) de la purificación del asesino, el cuál los salva de su vida de vicio y perversión. Se facturó la mítica frase “¿Hay alguien ahí?”. Chico corre y no preguntes al vacío, la nada no responde y si realmente hay alguien con intenciones no muy buenas ¿tú crees que te va a responder?
En todo caso, hoy es viernes 13, y si estáis solos en casa, esta noche, o salís por la calle a pasear, y de repente, escucháis algún ruidillo sospechoso, no realicéis esa pregunta, corred directamente, pues quizás Jason se oculte en las sombras con su titánico cuchillo (¡ugs! Esto ha sonado mal). La luna apenas es perceptible, por lo tanto la oscuridad es mayor. Que tengáis un feliz viernes 13.



Imagen: Cartel de la segunda entrega de Viernes 13, estrenada en 1981... 87 minutos de delirante terror adolescente.

miércoles, 28 de julio de 2010

Las otras estrellas de Hollywood. Asta

Ayer disfruté con una película de 1934 titulada La cena de los acusados, en el inglés original The Thin Man. Los protagonistas son un detective y su mujer, Nick y Nora (todo el día de buen rollo dentro de un diálogo mordaz y una dialéctica que en ocasiones roza lo surrealista). Pero junto a ellos aparece Asta, un Fox Terrier que ameniza muchas de las escenas, entre ellas cuando al oír un disparo se oculta bajo un sofá, jugando con un globo o simplemente acompañando al detective a inspeccionar un taller cerrado utilizándolo de sabueso y de “perro guardián”(¡?).
Sinceramente el perro cae simpático desde el primer momento, de ahí que con la saga del detective (seis películas más) éste tomara más protagonismo, desempeñando escenas en solitario o junto a otros de su especie.
El verdadero nombre de esta estrella era Skippy (el Asta primigenio, luego vinieron otros evidentemente). Nació en 1932 y se retiró en 1939. En la red aparece mucha información sobre esta estrella canina, para todos los gustos y todo tipo de curiosos del mundo cinematográfico.
Yo lo recordaba desde pequeño. Lo sé. Me gustan los Fox Terrier desde el momento que vi esta película (creo que mi cándida memoria es lo único que retenía del film). Ayer tuve cierta reminiscencia al visionarla de nuevo y me volví a reír con el perro, como no. Hasta tres veces repetí la escena del disparo y la escampada del bicho hacia las entrañas del sofá (la recomiendo). Sin duda la película hubiera sido entretenida sin el perro, pero este le da cierto aroma inocentón y recreativo... el perro nos aleja de la trama y nos introduce en ella, va y viene. Nos despista con sus actuaciones, pero al fin y al cabo es el can de un detective, y está ahí, en el tajo. Es Asta.