
8 de noviembre de 1999
Ayer estuve en el
Arco Azul. Es uno de esos bares cutres del centro de Palma. Barra larga y sucia, mesas esparcidas anárquicamente en un vasto salón de paredes agrietadas y un habitáculo al fondo, tenebroso, utilizado como almacén e intersticio hacia los servicios… denigrantes, iluminados con una luz tenue y cremosa.
Me sirvieron un carajillo. La gracia radica en que no lo pedí. Repliqué constantemente: “una cerveza, una cerveza”. Oídos sordos. El barman, un viejo seboso de pelo vedijudo, cuyo rostro deformaba una sonrisa acogedora de amarillentos y carcomidos dientes.
A. y yo en la barra. El resto en mesas, tres borrachos y una vieja, observando todos un televisor nuevecito donde se proyectaba una secuela de Godzilla, un film de serie B o Z, que dejaba ensimismados a los parroquianos, que con vaso de tubo en mano se les calentaba licor o cerveza.
Íbamos intercalando la bebida, nuestra conversación política, algunas expresiones sobre el bar o atisbando de reojo película tan interesante en el género. Lagartos kilométricos devorando gente, lanzando coches por los aires, aplastando edificios… en fin, una joya. Bichos escupiendo fuego y rayos, amargándole la vida al ejército más poderoso de la Tierra. Sólo las criaturas arribadas del espacio exterior o que medran tras explosiones nucleares son capaces de vencer a las huestes yanquis.
Pagamos (¡260 pesetas!) y nos fuimos tras intercambiar palabras afectuosas (un brandy ayuda) con un dueño que buscaba clientela.
“Mañana a lo mejor es más caro o más barato, según nos levantemos” dijo.
*No busquéis el
Arco Azul, hace ya una década que dejó de existir. Ya forma parte de esos bares como el
Español o el
Atlántico que desaparecieron para siempre, dejando un vacío difícil de concebir en nuestra ciudad.