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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Suro y las orugas




Desde días atrás existe en casa una invasión de orugas. Es bien cierto que el alimento abunda, pero ya me estoy hartando de tanto gusano, saben a rayos, como si fueran patatas fritas, pero freídas hace cuatro días ¡Ya os lo podéis imaginar!

Son blanquecinos y reptan por todas partes. Pared arriba, pared abajo, por el techo y por el suelo. Cuando tropiezas con uno de estos seres gelatinosos rápidamente te lanza un mensaje de súplica: “No me comas”. Para que con posteridad suene amenazante: “No soy de agradable sapidez. Atente a las consecuencias si lo haces". Ya dicen que “El que avisa no es traidor”. Y no avisan en balde, os lo aseguro.

Una tarde una de mis compañeras me aseguró que las mariposas saben mucho mejor, como dicen en esta tierra, son “mel”*.
“Suro aquests cucs es transformen en papallones i són mel”.

Es decir, debemos esperar a la metamorfosis y cuando salgan de la crisálida al buche. El plan consiste en cazarlas inmediatamente al surgir del capullo. Pero la verdad que esto va para largo, a este paso moriremos de hambre. Es un plan perfecto, no lo pongo en duda, pero “Mas vale oruga en mano que mil mariposas volando”, eso es lo que reza un refrán de arácnidos. No es que me conforme con poco, al contrario, pero no quiero pasar hambre y eso es lo que importa. Hoy en día con la crisis la cosa está chunga.







*Literalmente miel. Algo que está muy sabroso. En fin, ambrosia (Nota del Autor).

viernes, 15 de octubre de 2010

Suro y las armas de destrucción masiva

Mis compañeras, que habitaban en la casa de al lado, han muerto todas. Se desconoce ese fallecimiento prematuro, pero yo sé a que se debe, no cabe duda, a la existencia de armas de destrucción masiva.

Digo yo a los mamíferos inquilinos que, nosotros los arácnidos no somos seres malévolos, no representamos ningún peligro, no somos parásitos. Al contrario, os libramos de las moscas, de los mosquitos y de otros insectos molestos que perturban vuestra existencia cotidiana. Usar veneno contra nosotras, las arañas, es contraproducente y nada recomendable. Somos silenciosas, tejemos nuestras trampas en recónditos lugares, ajenos a vuestra presencia, vivimos apaciblemente colgando de nuestra tela, cazando y succionando. Si utilizas esas armas contra todo artrópodo terrestre jamás volveremos, pero que sepáis que otros bichos se acostumbran con facilidad a inhalar ese ponzoñoso líquido y se hacen inmunes, regresando para torturaros de nuevo.

Mis compañeras no me creen, dicen que las armas de destrucción masiva son un mito, un invento de mi imaginación perversa. Afirman que no existen, que es un “algo” inventado para tenernos asustadas, acongojadas en una continua tensión. Pero el mamífero de nuestra buhardilla las tiene, yo las he visto. Las guarda bajo el fregadero. Las tiene para los seres aéreos y para los terrestres, las tiene para insectos, miriápodos, dípteros… es un bote rojo y otro azul, con letras amarillas. Sobre la superficie del recipiente letal aparecen plasmados varios seres vivos, dibujados toscamente, entre los cuáles estamos nosotras. Se destapa y se acciona la hecatombe, el fin de nuestra especie en la casa, el fin de toda vida. Vivimos permanentemente bajo la amenaza de las armas de destrucción masiva, nuestro destino depende de otros. Piedad. Somos necesarias. No nos asesinéis. Amo la vida, no destruir el entorno, no jodáis este planeta.




Este es el cuarto episodio de Suro, si quieres leer los anteriores señala la etiqueta "Suro" más abajo.

domingo, 26 de septiembre de 2010

La fortuna de Suro




¡Noooooo! ¿Quién me mandó salir a tomar el fresco? No podía más; el mísero mamífero se puso a fumar una substancia maloliente. Del cigarrillo emana un olor nauseabundo. Ese pestazo se pega a la telaraña de mi guarida y casi muero asfixiado.
Pero ahora me encuentro en el tejado, al otro lado de una ventana herméticamente cerrada ¡clas! El individuo ha corrido el pestillo, me dejó abandonado a mi suerte.
Bueno, aprovecharé para tomar el sol. Ya abrirá. Con ese ambiente no podrá aguantar mucho rato. Es delicioso sentir ese calorcillo sobre el torso. Es lo que tiene el sol del otoño. Boca arriba el placer es más intenso.

De repente una sombra planea sobre mi cuerpo. Debe ser una nube, pero pasa demasiado rápido. Otra vez. Fugaz. Un golpe sordo me eleva por los aires. Caigo de bruces, con las patas hacia arriba ¿Qué sucede? Mi instinto de arácnido me comunica un “estonomegustanadadenada”.

Es hora de poner patas en polvorosa. Otro golpe y vuelvo a saltar por los aires. Esta vez he percibido una materia sólida depilando parte de mi abdomen. Es como una aguja de hueso de color azafrán… ruedo tejado abajo. Me incorporo y oteo a mi alrededor. Te veo. Maldito pajarraco ¿Crees qué uno es alpiste? Me coloco en posición de defensa. Debo afrontar el final con entereza y valor.

Observo la mancha oscura en el cielo. Se hace cada vez más grande, toma forma, escucho el graznido y percibo el olor del plumaje. La mancha se transforma en un pájaro negro con más hambre que el perro de un ciego. Dejo mi dignidad a un lado y para otra ocasión, y me arrojo al vacío, extiendo mi tela y me balanceo buscando un punto de apoyo. Ha estado cerca, muy cerca. Me desplomo sobre una superficie blanda que amortigua mi caída ¡Buf! ¡Qué asco! Intento nadar en un mar de mierda.

Totalmente impregnado empiezo a recobrar el sentido de la vida. De alpiste con patas a hez caminante. Me siento observado. Una bola brillante vigila cada uno de mis movimientos. Es de un azul intenso. Enigmática. Atrayente. Mortal. Respiro hondamente y trago saliva al más puro estilo de las arañas en apuros. Creo ver un mamífero sediento de sangre. Uno al que le gusta jugar con sus víctimas, torturarlas para después matarlas… sin piedad. Algo negruzco y húmedo me olisquea. Estoy listo.
(…)
(…)
De depredador a depredador y tiro porque me toca ¿Pero no soy yo el cazador?
Me parece sentir ya su garra fustigando mi tórax cuando una voz recorre la buhardilla como una brisa salvadora.
–¡Boni ¡Boni! ¡A comer!

De repente el felino marcha en un salto preciso y elegante.
Las arañas no sudamos pero pasamos miedo ¿Qué te crees? Huelo a excrementos pero sigo vivo. El bicho prefiere las galletas con sabor a sardina que a un servidor. Es de agradecer que un animal con un nombre tan ridículo no te devore como diversión.

viernes, 17 de septiembre de 2010

El retorno de Suro



Mis vecinas ya se comen cualquier cosa, que descaro. El otro día una de ellas se jalaba una polilla ¡Puag! Donde esté una carnosa y vitamínica mosca se quite ese bicho seco que sabe a papel y a ropa vieja.

Esta mañana me recreo en mi guarida ¡mmmmm! Una deliciosa lombriz o un jugoso saltamontes con sus crujientes patazas de atrás, rebosantes de chicha. Mi sistema de alimentación comienza a rugir. Necesito succionar algo ¡ya! Lamo mis heridas de guerra y me encuentro algo cansada. Me quedan seis patas como a una miserable cucaracha, pero después del lastimoso episodio con el monstruo de la absorción no me voy a dar por vencido.

Nunca he gozado de una vista de lince a pesar de mis múltiples ojos, pero allá abajo pasa algo. Esos malolientes mamíferos ya están apareándose.

Ya que se ocupan en sus menesteres es una ocasión de oro para bajar y trasladarme a una de mis trampas para desayunar. Colocadas por toda la casa mi cepo predilecto es el que se ubica en un cuadro cerca de la ventana, lugar de tránsito de cantidades y cantidades de comida. Hoy me pondré como el quico.

¡Como jadean estos malditos mamíferos! Yo sólo puedo aparearme una vez en la vida, así que el día elegido tiene que ser brutal.

Con la más absoluta naturalidad mis hileras producen mi preciado medio de transporte y muy despacio desciendo como un artista del alambre, sutil, con sumo cuidado.
Correteo con cierta dificultad hacia mi trampa para ver con espanto que ya no está. Mecachis, este tipo es más meticuloso que los anteriores inquilinos. Con aquellos era Jauja, no eran unos paranoicos de la higiene.

En fin, mi táctica trampa del cuadro ha desaparecido ¿Qué hacer? Aprovechando que los mamíferos copulan asaltaré su despensa. La reserva de alimentos se halla en un pequeño armario con varios estantes y una portezuela. Escalo hacia el ático del mueble y me cuelo por una de las rendijas de la puerta. Aquello es el Paraíso, la manduca abunda. Hay una especie de bolitas verdes… ¡ugs! Están en un recipiente infranqueable, voy a rascar… no puedo. A ver, anda, y estas bayas rojizas ¡grec! ¡grec! Están duras, no se puede succionar lo que hay dentro. Y eso que parecían termitas. Voy a subir al siguiente estante…larvas naranjas ¡mmmm! Están en un recipiente pero creo que las podré catar ¡ñam! ¡puag! ¡Qué diablos es eso! Sabe a tierra con cierta textura ¡buf! Anda, una caja de cartón, voy a meterme dentro. ¡Cras! ¡Cras! soso, soso. No sé que pinta una gallina en el envoltorio. Bichillos blancos, parecen gusanitos, vamos a ver… ¡shhhp! No tienen juguillo. Estos mamíferos no saben comer… probaremos con el dulce, aunque a nosotros los arácnidos no nos sienta muy bien el azúcar, dicen que engorda, y la verdad que ya tengo una barriga que exige una dieta equilibrada. Pero si no absorbo alimento alguno a este paso me quedaré en el chasis… ¡La madre del cordero! Todo son botes, latas y cosas incomestibles.

–Hola Suro ¿Qué haces? –me pregunta una compañera que surge de entre los botes.
–Intento comer.
–Aquí sólo hay bazofia. Ayer cacé una polilla gigante ¿Te apetece succionar un poco?
–¡Qué remedio!


*Suro volverá con el episodio "La fortuna de Suro".

sábado, 11 de septiembre de 2010

Las aventuras de Suro

Aquella noche apenas pegué ojo. Había sido una noche dura, de espera. Pacientemente durante días había tejido la trampa, pacientemente había aguardado alguna presa apetitosa.

Otra vez en ayunas me disponía a recogerme en mi rincón cuando un ensordecedor ruido activó mi sistema nervioso al completo. Mis extremidades temblaron y mi invertebrado cuerpo se agitó nervioso. La pelusa de mi torso se erizó por instinto. Me aferré miedosa a la pared blanquecina. El ruido iba in crescendo. A cada segundo aumentaba. El murmullo se había convertido en vendaval, aquel repelente estruendo era cada vez más fuerte.

Entonces apareció la boca del monstruo. Sin dientes, alimentándose mediante absorción y rugiendo a cada sorbo. Mi trampa se volatilizó al instante. Creí sentirme atrapada, pero por una extraña razón las fauces se alejaron hacia abajo, como buscando alimento a ras del suelo. Observé su cuello rígido, conectado a un pseudópodo flexible, de aspecto gomoso, y en la parte inferior su titánico cuerpo, cuadrangular, emitiendo un aire caliente y surgiendo de sus tripas hambrientas ese estrepitoso rumor, síntoma de una criatura voraz.

Era hora de huir y corrí desesperadamente hacia arriba. Allá abajo bramaba el monstruo. Corrí hacia mi refugio, allí estaría segura. Entonces sentí aquel aliento infernal en mi trasero. Me aferré con fuerza a la superficie vertical. Encogí el abdomen y pude sentir la fuerza de la aspiración sobre mi cefalotórax. Clave las uñas con más vigor todavía. Milagrosamente pasó sobre mí y decidí escupir mi seda y deslizarme hacia el suelo. Estaba demasiado nerviosa para que mis glándulas funcionaran a la perfección. Sentí una contracción y de repente me escurría colgando de un hilo terso. Correteé por la superficie plana con cierta dificultad. Corrí hasta sentir los latidos de mi corazón golpear con estruendo todo mi cuerpo.

Pero era demasiado tarde. Me sentí volar, mis patas no tocaban el suelo y me desplazaba descontrolada en el aire girando sobre mí misma. Percibí el calor y me encogí con destreza. Atravesé aquella boca sin dientes, dotada de unos pelillos desagradables, y me sumí en la oscuridad de una garganta profunda. Fue todo muy fugaz. Llegué al estómago en apenas un segundo y allí estaba dando vueltas entorno a algo semejante a mis mortíferas trampas… pero en la tripa de un ser desconocido. Todo zumbaba a mi alrededor, y toda clase de partículas giraban conmigo, incluso mis primos hermanos los ácaros estaban allí, los oía gritar de pavor. Entonces me encajé en aquella tela entramada, me sentía como una de mis víctimas. No quería imaginar que me pasaría a continuación. Respiré hondamente y moví los pedipalpos para intentar desembarazarme de aquella diabólica envoltura… aquel zumbido, aquella aspiración huracanada me mantenía pegada y tiesa sobre la fáctica trampa.

El ruido cesó. Intenté despegarme y lo conseguí. Me arrastré entre el polvo, trocitos de papel, restos de comida seca, una pipa de girasol, una extraña forma de metal (un clip) y los deliciosos cadáveres de dos moscas. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Abatida me cercioré que tenía el cuerpo lleno de magulladuras. Había perdido dos patas, pero bueno, todavía estaba viva y me quedaban seis. Cuando consiguiera salir de allí la vida sólo sería un poco más dura.



Imagen: Suro nace como un bicho que tendrá que sobrevivir a las inclemencias en una buhardilla habitada por un humano hostil.