AHORA UNIDOS MÁS QUE NUNCA 15-M DEMOCRACIA REAL YA

jueves, 14 de octubre de 2010

El mono

Suena la puerta en unos golpes secos, sordos. Abro y para mi sorpresa es mi primo que pasa frente a mí sin decir hola, sin ni siquiera mirarme. Veloz. Temblando de pies a cabeza y emitiendo extraños sonidos con la boca. He visto sus ojos, fijos, no parpadean, no tienen vida. Se sienta en una silla, como impaciente. Gotitas de sudor recorren su sien, su rostro se contrae al mover la mandíbula, masticando un alimento inexistente. Golpea el suelo con el pie, como siguiendo el ritmo de una melodía que no se oye. Su cuerpo se convulsiona y sus manos no paran de moverse.
Me quedo paralizado... pienso que hacer. Cojo la cartera y le extiendo diez mil pesetas. Las aferra con ansia, las agarra con pavor... anhela lo que le den a cambio, desea ferviente esa dosis que lo sosegará, que lo sumirá en un estado de eterna felicidad, relax, que le cure esos terrible estertores, que le haga viajar más allá de las estrellas, que le abra las puertas de otras dimensiones... el pico.
Tal y como ha aparecido se va. Un amigo, que en esos momentos tomaba café conmigo me pregunta qué le sucede.
“Tiene el mono” digo con cierto hastío, pero también con aflicción. No puedo evitar que unas lágrimas de compasión broten de mis ojos.





Imagen: Jeringuillas en un descampado del barrio de San Blas (Madrid). Foto publicada en el diario "El País".

miércoles, 13 de octubre de 2010

Libres




Es un momento emocionante… los 33 al final serán rescatados y acallarán las bocas de muchos que creían que todo era una falacia. Ahora espero que los políticos chilenos guarden la compostura, que sepan comportarse ante la libertad de estos hombres que pronto se reunirán con sus familias y sus amigos, sus seres queridos, que pronto volverán a jugar al dominó en el bar, que volverán a ver un partido de futbol junto a miles de voces exaltadas.

A bordo de la “Fénix”, los mineros resurgen de sus cenizas, del silencio de la profundidad, de la oscuridad perpetua de las entrañas de la Tierra. No puedo contener la emoción al verlos surgir de la tierra, que como dice una chica chilena está pariendo, devolviendo a sus hijos enterrados. No puedo contener la emoción cuando la cápsula se abre y libera a uno detrás de otro, fundiéndose en un abrazo a su amada esposa, besándola, saboreando de nuevo el amor, resucitando, retornando a la vida, regresando al espacio libre y respirar el aire puro no sólo del inmenso desierto sino de la libertad absoluta.

Las gafas de sol ocultan sus ojos, pero seguro que están llorosos, impregnados en lágrimas, de una alegría que ni siquiera podemos imaginar. Abrazos, besos, llantos, sonrisas, saltos, canciones, gritos de ánimo… un clamor de éxtasis que recorre Copiapó a lo largo y a lo ancho: ¡Están con nosotros!

Mientras escribo estas palabras rescatan al minero número veinticuatro. Sé que mañana correrán ríos de tinta sobre el asunto, aparecerán minutos, horas de televisión recordándonos tan bellos instantes. Luego vendrán las entrevistas, las memorias de una lucha por la supervivencia, las críticas al estado de los trabajadores mineros en Chile, la propaganda política, la exaltación de la nación, el culto a la bandera, los anhelados agradecimientos a Dios, las celebraciones de todo un país, la victoria sobre la Madre Naturaleza, el triunfo sobre lo que parecía irremediablemente la muerte de 33 seres humanos… pero ahora, lo importante, lo esencial, es que estos mineros han vuelto a nacer, han resurgido de las cenizas como el Ave Fénix, han vuelto con sus familiares y amigos, han vuelto a vivir. Ya lo dije yo, se encontraban a escasos pasos del Infierno, pues es un infierno lo que han pasado, y al final del túnel, aparece la luz, la luz de una renovada esperanza.

Debo decir que he intentando aportar con mis artículos un granito de arena a esta causa. Desde un principio estaba seguro que todo iba a salir bien, tenía una corazonada… y ahora me siento estupendamente, aunque sé que esta sensación la están experimentando en este segundo millones de personas, chilenos y no chilenos, a la fin ciudadanos del mundo, aquellos que tenga un mínimo de sentimientos y un mínimo de respeto por la vida humana.

Agradecer a todos los lectores de mis artículos anteriores, agradecer a mis amigos de Chile que sé que me han leído. Os lo agradezco de corazón, y lo hice por ellos, lo merecían, por los 33 ¡Viven! Y desde España un efusivo abrazo. Siempre habrá en mí un trocito del país andino, y espero en un futuro no muy lejano visitaros.

domingo, 10 de octubre de 2010

Quemar las naves

Hoy es uno de esos días que me apetece dejarlo todo. Como diría un buen marino, tirar todo por la borda o como ejecutó en una drástica decisión Hernán Cortés, quemar las naves.
Me apetece quemar las naves. Me apetece mirar al futuro y olvidar completamente el pasado. Me apetece pensar que carezco de una vida recorrida y comenzar a caminar hacia adelante, hacia mañana, escupiendo al ayer. Quiero que mañana sea el primer día de mi vida. No quiero aprender de los errores, no quiero haber aprendido nada. Quiero ser ingenuo, quiero ser como un niño que descubre por primera vez toda clase de objetos, de olores, de sensaciones… no tengo pasado. Mañana será el primer día de mi vida ¿Qué sucedió ayer? No lo sé, yo no existía. Hipocresía, desamor, conocimientos, experiencias… no sé nada, no quiero saber nada. Debo mirar hacia ese nuevo amanecer, mi primer amanecer. Deseo desprenderme de todo: odio, amor, envidia, pavor,… titánicos pesos del día. Amigos, enemigos, necios y soberbios. Un nuevo paso, otro, dos más. Quiero ignorarlo todo, quiero aprender a vivir de nuevo, quiero separarme de todo aquello que me resulta nauseabundo, de todo, todo. Los buenos momentos, los malos recuerdos, los viajes, las personas… ellos consiguen olvidarlo, tú debes ser igual, sereno, decidido, malévolo, egoísta.
Me apetece quemar las naves ¡ya!

martes, 5 de octubre de 2010

Pensamientos de una tarde otoñal

La razón de mi ser, de mi vida, zozobra en un mar de decepciones. Es una extraña sensación, cuando comienzas a pensar en lo que podría haber sido o no es, en los recuerdos de la infancia, en la atormentada adolescencia, en la fogosa juventud, donde quieres comerte el mundo y en cambio éste te desayuna con un eructo peyorativo y se carcajea ante ti, un ingenuo granito de arena.Una tarantela perfora mis oídos, las lisonjas de siempre, la historia de mi vida…
Desilusión. A veces reflexiono, tumbado en la cama, boca arriba, contemplando el techo, blanco, la nada… me muerdo el labio cuando creo dar con la respuesta a mis plegarias, niego con la cabeza cuando me cercioro que estoy equivocado y sigo pensando. Entonces coloco las manos tras mi cabeza, me acomodo y cierro los ojos, viajando al pasado pero también al futuro condicional. Esbozo una sonrisa a cada deseo, me entristezco ante algunos hechos… pero como historiador asumo que lo pasado, pasado está. Eso no se puede cambiar. Se graba en nuestro cerebro como en un disco duro. Quedan momentos, rostros, aromas, palabras… jugamos con toda esa información y la ordenamos a nuestro antojo. Además, ponemos nuevos protagonistas que vocalizan lo que queremos oír, articulan las expresiones que deseamos escuchar y actúan como te agradaría que lo hicieran. Pero te equivocas, las marionetas no bailan a tu son, no llueve a gusto de todos y es cierto que cada persona es un mundo por descubrir. No puedes forzar a nadie a desear lo que tú deseas, y menos a creer que es así, o creer que puede ser así. Cada uno es independiente. Yo soy independiente ¿O no? ¿O no? ¿O no? La idea de la muerte me hostiga. Me levanto de un salto de la cama y me miro en el espejo. Tanteo mi rostro palpando cada uno de mis huesos. Las arrugas. El tiempo pasa. Pasa. Pasa. Suspiro ¿Qué es todo esto? Intento no pensar. Es imposible no pensar en nada. Necesito un café. Necesito descansar.

Las otras estrellas de Hollywood. Los caballos de Ben-Hur.

[Dedicado a una amiga portuguesa a la que le gustan los caballos]


Si tuviera que elegir aquellos animales que más me han gustado en la pantalla o que más ternura han desprendido sobre mis ojos, esos son los cuatro caballos blancos de la epopeya histórica Ben-Hur.

Herederos directos de la novela de Wallace, los equinos de dicha película se muestran con todo su cariz noble, bello y sincero. Son más que caballos, ellos tienen personalidad y no los quiero ver como meros instrumentos de la venganza que Ben-Hur ejerce sobre su antagonista, Mesala.

Sus nombres ya evocan la belleza que atesoran. Nombres de estrellas, de esos astros que brillan y parpadean en el cielo. Si las estrellas parpadean es que tienen sueño, dicen. Antares, Rigel, Aldebarán y Altaír. Cuatro nombres para cuatro soles, para cuatro caballos. Corceles dignos de los dioses, de sedosos crines y hocicos rosados.

La complicidad que aparece entre hombre y animal es prodigiosa en Ben-Hur. Primero, el jeque Ylderim y con posterioridad Judah Ben-Hur, hablan a los caballos como si de personas se trataran, sus “preciosidades”, hijos de la radiante Mira, la madre de tan magníficos caballos y que el jeque ha dejado en su país natal para no entristecer a sus gentes. Aldebarán el rápido, Antares el lento, pero duro y paciente. Rigel y Altaír, constantes y tenaces.

El auriga y sus caballos forman el tándem ganador de la carrera en el imaginario circo de Jerusalén. Es tal la cooperación del auriga y sus rocines que éste no hace uso del látigo, únicamente de sus brazos, de sus manos amigas. Éstas sólo bastan para guiar a la cuadriga al triunfo final, viendo Judah cumplida su anhelada venganza sobre el arrogante romano que todo le había arrebatado.
“Victoria completa Judah, la carrera ganada, el enemigo destrozado”. Últimas frases del moribundo y mutilado Mesala, yacente sobre el camastro de la enfermería (más bien matadero) del circo: lóbrega, triste... escupiendo en su postrero hálito de vida odio y más odio, con el consuelo de su único amigo: Druso, que sostiene su cabeza en la latente agonía y el dolor de su cuerpo mutilado.

Tal y como aparecen los caballos, desaparecen. Ben-Hur los ama, pero este amor se mitiga cuando el príncipe judío ha conseguido su propósito... cuando el jeque se ha hecho de oro gracias a la arrogancia del romano muerto ¿o no?
Es cuando Judah contempla el escenario de la carrera, vacío, silencioso, comprendiendo que la venganza no le ha llevado a ninguna parte, y que todo está mucho peor que antes de la carrera. Los caballos nos dejan un sabor dulce y simpático. Nos proclaman admiración. Estudiamos cada uno de sus elegantes movimientos, los observamos entrenando, en el relax del descanso en sus cuadras de seda, y en el clímax de una carrera desenfrenada y cruel, propia del espectáculo romano. Los observamos juguetones, resplandecientes y cariñosos... luego serios, sudorosos y feroces. La diosa Epona los protege, bueno, en este caso, el dios de los judíos, aquel que mantiene vivo a Ben-Hur como una finalidad del destino.

“Uno de los animales acercó entonces su hocico hasta casi tocar los labios de Ben-Hur; su cabeza tenía una forma exquisita, sus ojos eran grandes y suaves como los de un ciervo y estaban casi ocultos por el copete, sus orejas eran pequeñas y puntiagudas. Mientras miraba fijamente al joven, con las ventanas de la nariz dilatadas, el labio superior en movimiento, parecía estar diciendo «¿quién eres tú?» con la misma claridad que un hombre”.
(Lewis Wallace, Ben-Hur, 1880).





Imagen: Aldebarán, Rigel, Altaír y Antares compitiendo en el circo de la mano de Judah Ben-Hur.